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Bienvenido al Wiki Letras Riojanas

El propósito de esta iniciativa es construir una obra literaria colectiva con las propuestas de todos aquellos internautas que quieran participar en ella.

El inicio de nuestro relato es obra del escritor riojano Andrés Pascual. A partir de este comienzo, cada internauta puede colaborar proponiendo continuaciones o cambios a las piezas que otros vayan publicando.

¡Os animamos a participar en la primera obra literaria colectiva online de La Rioja! En la sección de Ayuda WIKI encontraréis unas breves indicaciones de cómo debe realizarse esta colaboración.

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Capítulo 1

Aeropuerto de Agoncillo (La Rioja)

07:34 horas

El niño pálido corretea por la terminal. Sale a la calle por la puerta de entradas y vuelve a entrar por la de llegadas. Le satisface comprobar que las correderas trabajan sólo para él. El mismo chirrido cada vez, al abrirse; y, al cerrarse, ese zumbido sordo. Escucha el resonar de sus pisadas bajo las estructuras geométricas del techo. Nunca había estado en un aeropuerto. Se esconde tras las sillas de plástico color vino y asoma los ojos esperando una mirada cómplice de su madre.

Ella no es capaz de jugar. Ni tan siquiera tiene fuerzas para fingir una sonrisa. Se toca el pelo de forma compulsiva. Asoma la raíz morena. Nunca se había descuidado tanto. ¿Por qué no hay más pasajeros?, repite para sí, no es posible que el avión viaje vacío… Tiene miedo, sentada sola en mitad de la sala, como si el resto del mundo hubiese caído presa de un encantamiento. Golpea con un frenético baile de dedos el maletín metálico que lleva consigo. Cierra los ojos. Pide por favor que él no se presente allí en ese momento. No ha tenido tiempo de enterarse de lo que he hecho, decide. Se vuelve hacia el niño. Ha volado de su trinchera inventada.

-¿Dónde estás? –musita.

Aprisiona contra su pecho el maletín, se levanta despacio y camina hacia el mostrador de la aerolínea. ¿Dónde demonios ha ido la azafata? Mira detrás, por si al niño se le hubiera ocurrido sentarse en la cinta trasportadora. Dónde estás, dónde estás, dónde estás… Se acelera el ritmo de sus latidos, no le gusta esa sensación, le recuerda a las taquicardias que le despertaban después de trabajar en la Sala Concept. Se asoma a la puerta de embarque. Uno de los agentes de la Guardia Civil le recorre de arriba abajo. Se gira de súbito. El maletín le quema. Dónde estás, dónde, mi niño…

Sale a la calle. El chirrido de la corredera precede a un golpe de viento. ¿Por qué hay tantos coches en el aparcamiento y nadie dentro del edificio? Se dirige hacia el suyo, un Mégane coupé azul eléctrico. El pelo revuelto se le enmaraña. Por un momento no ve nada. Trata de apartárselo de la cara.

-¡Estás muerta!

El corazón le da un vuelco. Es el niño, que le dispara con el dedo índice al tiempo que sale de detrás del coche y se lanza sobre el capó.

-¡Eres idiota!

El niño ríe. Las carcajadas parecen de adulto. También está nervioso. Sabe que algo va a cambiar. La madre deja el maletín en el suelo, tan sólo un momento para abrazarle. De repente no está segura de lo que va a hacer. ¿Cómo puede arrastrarle con ella? El viento no cesa. Así no va a salir el avión…

Andrés Pascual

Ella siempre pendiente de su niño, siempre mostrándose segura en sus actitudes, en sus gestos, en todo aquello que transfiriera a su hijo aquella sensación tan deseada ( es de suponer) por su hijo, de madre coraje, pero héroe de la clase trabajadora....todas esas cosas que se han de suponer en una mujer que conduce su vida acorde con las circunstancias de unos tiempos que dictan las conductas correctas, de repente se sentía avergonzada por ese "volverse hacia sí misma", esos miedos repentinos que el puro instinto ¿exclusivamente femenino? de soledad le había producido en el alma, en lugar de un abrazo, le pidió perdón... ¿perdón por qué? Sé preguntó a sí misma. El niño la observó fijamente. Ella interpretó que él, de alguna manera, había leído su mente, pero el silencio del hijo, la mirada, el aeropuerto, la poca lógica de la situación, tantos coches, tanto silencio en los alrededores... hurgó en su bolso, buscando aquellas píldoras que ya desde hacía años, su médico le había recetado y su madre le había criticado, quizás lo que buscaba en su bolso era una respuesta que dificilmente podí explicar pastilla alguna. Se arrepintió y miro a ningún sitio, volvió los ojos de nuevo hacia su hijo, y como si el niño hubiera estado solicitando una explicación desde su silencio, le exclamó, ya no solícita, ya no implorosa, si no exigente, "tú perdóname y punto".

Arturo Escobar Las Heras

Capítulo 2

Planea una nueva posibilidad, puede que no sean ellos quienes deban huir.

Una maleta metálica no puede pasar por el detector de metales, ni ser escaneada por los infrarrojos. Sabe que el gorila cejijunto de seguridad le pedirá que la abra, algo que no puede hacer de ninguna manera. Tiene que facturarla.

Esa es la solución, que únicamente el maletín viaje. La facturará y desaparecerá de aquel aeropuerto dejándolo atrás todo, absolutamente todo. Salvo a su pequeño Mateo, el hijo que acaba de dispararla con un dedo y, al que ha insultado por hacerlo. Lo lamenta, son los nervios y Mateo lo sabe. Siente el cálido abrazo del niño, aliviando la temperatura del helador enero riojano. Al menos el viento parece conceder una leve tregua, puede que después de todo el avión despegue. Si es que aparecen el resto de viajeros, si es que él no aparece en el último momento, si es que la situación de pesadilla que esta viviendo, no acaba por derrotarle.

Se deshace el abrazo y recoge de nuevo el maletín del suelo, deseando perderlo de vista de una vez por todas. La temperatura debe ser de cinco grados, tal vez menos, sin embargo el maletín arde, le abrasa la palma de la mano. Tiene que convencerse de que todo es fruto de una imaginación demasiado activa, para no dejarlo caer sobre el asfalto.

Entran de nuevo en el aeropuerto descubriendo que por fin una azafata, se ha posicionado tras el mostrador. Caminan hacia ella, le entrega los billetes junto a los carnés de identidad y coloca el maletín sobre la cinta transportadora. La azafata confirma el vuelo y después observa el maletín con detenimiento. Sigue sin haber nadie más en la Terminal.

  • No es necesario que facture esta maleta – sentencia la azafata

  • Prefiero hacerlo – responde ella

  • Es un gasto innecesario

Frunce el ceño y aprieta con fuerza los labios. Desearía cerrar el puño y darle un buen puñetazo en la cara de esa azafata parlanchina y metomentodo. Un puñetazo seco y fuerte, uno como los que ella misma solía recibir.

La azafata encoge los hombros, rodea el asa del maletín con la correspondiente tira de identificación adhesiva, y le devuelve los billetes de vuelo y sus DNI.

  • Deseo que tengan un buen viaje – canta la azafata

  • Y yo que te arrolle un tren – imagina que responde ella

Coge la mano de Mateo y mientras se alejan, observan como el maletín se pierde en la oscuridad del final de la cinta transportadora. Sin embargo, tiene la sensación de que aún no ha cambiado nada, ahora es cuando comienza realmente la huída.

Mateo se muestra confundido cuando su madre comienza a tirar de él saliendo del aeropuerto. No entiende que es lo que está sucediendo, al igual que no comprende lo ocurrido en los últimos días. Una sucesión de hechos demasiado confusos para el raciocinio de un niño.

Salen de nuevo al parking y avanzan hacia su coche, cuando de un viejo Honda Cívic gris, emerge la figura de un joven que hace que ambos se detengan. Lleva el pelo largo para ser un hombre, por debajo de los hombros. Viste vaqueros, una camiseta de Def Leppard y una cazadora negra llena de parches de grupos como Iron Maiden o Megadeth. Les mira fijamente, regalándoles una sonrisa felina, apenas una línea curva trazada en su rostro que solo deja entrever sus dientes. Mateo también le sonríe y sus ojos se iluminan. Sin embargo las facciones de su madre adquieren una extraña mueca, que a dosis idénticas, mezcla terror e incomprensión.

  • ¡Es Telmo, es Telmo! – grita Mateo

  • No es Telmo cariño, es imposible – le corrige su madre tirando de él hacia el coche.

Abre la puerta del piloto de su coche y empuja a Mateo al interior, sin darle tiempo a rodear el coche y entrar por la puerta correspondiente. Nunca ha sentido de forma tan intensa el miedo, lo siente fluir por sus venas como un veneno que va atenazando todos y cada uno de sus músculos.

Arranca el coche, y se dispone a salir haciendo chillar las ruedas, cuando un reflejo plateado en el espejo retrovisor hace que detenga de nuevo el motor del coche. Mateo ya ha descubierto que es lo que provoca ese destello en el asiento trasero del Mégane. Ella, se gira en su asiento y ambos contemplan el maletín metálico que descansa apaciblemente detrás de ellos. Una lágrima, nacida del terror experimentado, nace en la comisura de su ojo y desciende por su mejilla con lentitud.

  • ¿Es otro maletín? – pregunta Mateo extrañado

Su madre guarda silencio mientras intenta controlar su agitada respiración. Sabe perfectamente que no se trata de otro maletín, ese es el maletín. Al igual que sabe, que aunque resulte increíble, el joven que se acerca a su coche dejando que el otra vez poderoso viento agite su melena, es su hermano Telmo…

Ernesto Tubía

La historia continua...

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